Sunday, October 18, 2009

Carta de Ambriz

Denisse en la Asamblea Nacional, 1792
"En donde las familias conservadoras suelen tener una imagen de La última cena, en nuestra casa hay un cuadro con 6 imágenes de cuando Denisse se prepara para cenar y no por última vez. Eko, es maravilloso ese dibujo que nos diste. Yo alguna vez estuve a punto de tomar una Denisse de sábado, pero no me atreví, no pude. (Y luego me enteré que varios tenían una)."

La obscenidad de la censura

Éste es el Manifiesto contra la Censura que escribí ex profeso para Milenio Semanal
La censura exhibe más que lo que oculta—Eko
El día 23 de septiembre en el Café22 de la Colonia Condesa inauguré mi exposición Después de la Orgia, con dibujos y grabados de contenido erótico explícito. 48 horas después los comensales se quejaron de los dibujos expuestos; los consideraban demasiado perturbadores para ser observados mientras comían. En una contradictoria reacción separaron el apetito sexual del apetito gastronómico y, confundidos por sus oralidades, algunos hasta se salieron del lugar sin ordenar nada. Rápidamente los del local descolgaron los Carbon-Prints y los llevaron a un salón más oscuro. Otros ya no fueron expuestos. Mis dibujos relatan una verdad profunda, se inspiran en esa escena inicial de la que todos venimos y si exponer esta verdad fundamental escandaliza es porque nos avergonzamos de nuestro origen. Estamos acostumbrados a ver escenas de asesinatos brutales, de cuerpos destazados y a sus criminales autores celebrados como héroes por una cínicamente llamada “narcocultura”. Escribir sobre el narco es motivo de premio literario, la narración detallada de asesinatos y la apología de los delincuentes es el tema más recurrente de la nueva literatura. Los centros culturales del país, los museos y galerías, exponen la “narcocultura” como la vanguardia intelectual; los cantantes de narcocorridos son invitados especiales de la Feria del Libro y el morbo escatológico nos representa en la Bienal de Venecia. Esto significa que en México hemos cambiado el sexo por la obscenidad del narcotráfico. Significa que sentimos más placer por la sangre derramada en masacres con brutalidad y demencia que por el placer erótico, que por la veneración de nuestro sexo y la recreación de nuestras fantasías. Preferimos ser seres bestiales y sanguinarios que sexuales. Estamos cómodos en esta situación porque es muy cómodo refugiarse en los hábitos del poder y huir de la profundidad de conocernos a nosotros mismos. Es cómodo para las instituciones, para las galerías, para el público y para la mediocridad que abunda en nuestra sociedad, que es el signo de nuestros tiempos. Porque despreciar la sexualidad es cobardía. Alguien me dijo “no los quitaron, sólo ocultaron unos y retiraron otros”. ¿Qué esperaban? ¿Qué los quemaran como a los libros de texto que están quemando por abordar el tema de la sexualidad?
Estamos viviendo otra vez los tiempos de la quema de ideas, de dibujos, de libros y finalmente de personas. Estamos regresando al más profundo oscurantismo y a la más abyecta barbarie, y es esa ignorancia la que alimenta sociedades obtusas que terminan por destruirse a sí mismas. Cada vez que se censura una idea, una obra, estamos dando un paso atrás en nuestro proceso de civilización, nos estamos acercando con peligrosa velocidad a ser una sociedad más salvaje, despiadada e irracional. Estoy consciente de que mi obra no es para complacer, mi obra es para cuestionar y escandalizar —corro ese riesgo cada vez que expongo—, pero ese riesgo mide de forma implacable el nivel de los prejuicios. Y hoy podemos veren dónde están. Cada dibujo mío ha sido lanzado contra el corazón pervertido de la sociedad y es verdad que ella me regresa los golpes con creces, pero eso no me detiene de seguir dibujando, de seguir exhibiendo el placer de mis obsesiones. Si el arte no es para impactarse en la memoria de quien lo mira, entonces no sé para qué es. Si no es para demostrar lo más desconocido de mí y del observador, no sé para qué es. Mi obra se empeña en escandalizar a mi época, tanto como otros se empeñan en halagarla. Otros ponen su arte al servicio de esta época asexual, sin compromiso ni con la forma ni con la belleza. Yo he puesto todo mi Arte en denunciar la mediocridad, el puritanismo y el oscurantismo de mi época. El arrogante triunfo de la censura es que he vivido proscrito de los espacios culturales, que mi obra erótica es sólo para quienes la recuerdan y la atesoran como un fetiche. No existen foros para exponer las aventuras sexuales de cuerpos que no se sienten culpables de explotar el placer y demostrar su gozo. Los espacios hoy son para la banalidad desechable. La censura exhibe más que lo que oculta.